Comencé a comerle los pezones mientras nos íbamos desnudando con ansia, como fieras; arañando y mordiendo. Estaba deseando estar completamente desnuda para poder rozarme con ella entera, piel con piel; para seguir mezclando nuestro sudor, nuestra saliva, nuestros olores; que juntos creaban otro olor insoportablemente excitante.
En segundos, estábamos las dos completamente desnudas en el sofá, restregándonos como gatas en celo, jadeando, gimiendo de forma salvaje. Jose y Aurora, de rodillas al otro lado de de la mesita del café sirviendo unos chupitos de Jack y preparando el regalito; los podía ver por breves instantes por el rabillo del ojo, los dos mirándonos fijamente y con una inmensa sonrisa. Ninguno de los dos me había visto nunca desnuda y mucho menos montando un numerito así. Había perdido la vergüenza por completo, en aquel momento me hubiera dado igual que hubieran habido cien personas viéndome.
Paramos un momento. Teníamos que descansar y recobrar algo de fuerzas , coger algo de aire. Estábamos las dos empapadas en sudor y completamente mojadas, nos sentamos.
-¡Uff!...
-¿Un chupito y un regalito? - dijo Jose.
La sonrisa se le había quedado ya fija en la cara.
-Sssiiiiiiiiii…
Brindamos… nos tomamos el regalito…
Jose, que estaba de rodillas junto a Aurora, se incorporó, la levantó tendiéndole la mano y le deslizó los tirantes del vestido a los lados de los hombros. Cayó hasta sus pies como en cámara lenta. No llevaba sujetador, tan sólo unas braguitas blancas de algodón que ya estaban muy mojadas…
Solo me dio tiempo a pensar:
-¡Diosss, que buena que está!..
Jose empezó a lamerle los pezones, mientras ella le desabrochaba el cinturón y el pantalón. No sé si lo habían hablado antes; mientras Lucía y yo nos devorábamos totalmente ausentes del mundo; pero era un descarado “ahora nos toca a nosotros”…
Lucía y yo nos miramos y fuimos capaces de leernos el pensamiento.
Nos levantamos del sofá y pasando cada una por un lado de la mesita del café, comenzamos a comernos a besos a Aurora mientras ella agarraba y apretaba la polla de Jose que por un instante perdió la sonrisa pensando que quizá aquella madrugada el sexo iba a ser solo cosa de mujeres.
Literalmente le arrancamos la bragas sin dejar de acariciarla, besarla , lamerla. Ella se arqueaba hacia atrás, gimiendo como una perra, sin soltar la polla de Jose.
Lucia y yo nos la comíamos; de pie, de rodillas, pasándole la lengua por el culo, entre las nalgas, por los muslos, por el ombligo, por la espalda; como si fuera un helado, dejando hermosos caminos de saliva que recorríamos las dos, mordiéndole los hombros, el cuello, los pezones, los tobillos, las rodillas… Nos sentíamos dos lobas devorando una presa, jugando con ella, rodeándola . De vez en cuando, la boca de Lucía y la mía se encontraban y nos besábamos con ansia sin dejar de atacar, tocándole el coñito, abriéndole los labios, metiéndole el dedito… la estábamos matando de placer…
Y entonces Jose dijo:
-¡Bueno, ya está bien! … Aurora y yo nos vamos a la habitación, vosotras podéis dormir en la otra.
Realmente tenía cara de enfadado y llegó a pensar que si no cortaba aquello podían pasar las horas siendo un mero espectador ; y realmente hubiera sucedido así.
Entramos en la habitación dónde tan sólo había un colchón en el suelo. Directamente me tumbé boca arriba y ella se puso a cuatro patas sobre mí, poniendo su delicado coñito, pequeñito y muy bien depilado en mi boca; y comencé a pasarle la puntita de la lengua. Ella hacía lo mismo con el mío; no nos lamiamos, nos estábamos bebiendo. Estábamos tan excitadas que nuestro coñitos habían pasado a un estado líquido permanente.
Y perfectamente coordinadas, de repente, nos relajamos. Toda la excitación de la noche nos había agotado.
Pasamos de la euforia a la tranquilidad más absoluta y nos bebíamos despacito , respirando hondo, al compás, con el mismo ritmo. Era como una música deliciosa de gemidos, suspiros, respiración entrecortada, dándonos poquito a poco, contorsionándonos como panteras, sintiéndonos la una a la otra en cada músculo, en cada poro, en los huesos, en cualquier rinconcito de nuestros cuerpos por muy pequeño que fuera. Y al unísono, como un último acorde corto, seco y potente que marca el final de una sinfonía, nos deshicimos, nos fundimos, nos derrumbamos, nos mezclamos.
Lucía se dio la vuelta, se tumbó a mi lado, se apretó junto a mí y cerramos los ojos.
Serían ya las 8 de la mañana. Había un silencio impresionante. Mi cara hundida en su pelo. Seguíamos respirando al compás y creo que fue la primera vez que realmente experimenté la “Petit Mort ”; porque todo desapareció, todo dejó de existir, ni siquiera sé cuánto tiempo estuve así, abandonada a su olor, pegada a su cuerpo, dejada por completo.
Cuando volví a la vida, Lucía tenía los ojos abiertos, perdidos en los míos. Me sentía como si hubiera despertado de un sueño, como si hubiera estado poseída.
- Me voy a duchar – dije.
-¿Puedo ducharme contigo?
-Claro…
Y nos duchamos en silencio; lavándonos la una a la otra como intentando quitarnos mutuamente lo que cada una tenía impregnado de la otra, con mucha delicadeza.
Cuando salimos del baño, Jose nos estaba esperando en el pasillo.
-¿Qué? - y soltó una pequeña carcajada.
Estábamos las dos desnudas frente a él.
-Anda tortolitas; vestiros mientras preparo un cafelito.
Nos vestimos en silencio. Nos tomamos el café en silencio; mirándonos esquivamente, un poco molestas por la permanente sonrisa de Jose. Aurora seguía durmiendo.
Me puse de pie:
-Bueno … me voy … ¿Me das lo mío Jose?
Jose fue a buscar el dinero. Lucía se levantó, se acercó a mí. Jose salió del cuarto y me dio los 120 euros. Lucía se acercó más hacia mí; adiviné que me estaba pidiendo un beso, un teléfono… la besé…
-Cielo … tengo que coger el bus. – dije, intentando pasar por alto el intercambio de teléfonos.
-Quiero irme contigo… - dijo Lucía.
Escrito por Lila