LOS BAÑOS DE LA UNIVERSIDAD
La Universidad siempre ha tenido sus secretillos. Solo hay que darse una vuelta por los baños y ver las inscripciones que hay grabadas en sus puertas con todo tipo de lapiceros y rotuladores. Que si yo me follé a “la Laura”en el varano del 95, que si María me la pone más dura que el potro olímpico, etc. Pues ahora os voy a contar la mía para que quede para la posteridad.
Rozaba yo los 19 añitos. Era mi primer año en la Universidad y tenía las hormonas más ávidas de sexo que Pocholo de porros y cocaína. Las tías andaban bastante despechugadas allá por el verano del 98. Las tetillas de las ya mujercitas del siglo XXI se bamboleaban con gracia por los pasillos y despachos docentes. Con cada clase acabada y la consiguiente salida al pasillo para fumar el pitillo de turno, el “menda leyenda” tenía una erección. Mi glande se abría y cerraba como los cuernos de un caracol en un día nublado.
Al grano. Me encoñé con una moceta de mi misma edad. La reina de mis sueños tenía un par de carretas que si Manolo Escobar las hubiera cambiando por su carro nunca se lo habrían robado. Hubiera sido imposible arrastralas de lo grandes que eran. Aunque yo había perdido la virginidad ya en el Instituto, ni en mis mejores deseos me hubiera encontrado yo de morros con una tía así. Guapa, con curvas y con las consabidas tetas que eran el tesoro que todo hombre bien pensante y con colgajo colgante querría para toda la eternidad.
Al grano, que me disipo. Ella y yo nos quedábamos hasta la última clase de los lunes, de ocho a nueve de la noche. El conserje cerraba el garito a las diez así que todavía disponía de una hora para mi intentona que paso a detallar a continuación.
La perseguí al baño. Seguía su culito como un burro sigue la zanahoria que su amo de pone delante del hocico para hacerlo andar. Antes de que entrara le puse al brazo. Me miró y se sonrió. “Aquí hay tema”, pensé. Y vaya si lo había. Me colé con ella dentro cerrando la puerta detrás de nosotros. Se sentó encima del retrete para estar a la altura, a la altura de chuparme la polla. Me la comió con saña. “Tendría hambre”, pensé de nuevo.
Salimos del baño como si nada. Un polvazo donde mi cabeza, arrinconada entre la pared y sus enormes pechos, luchaban por hacerse con algo de aire. Salí echo una mierda, pero renacido, todo un hombrecito universitario que se había tirado a su primera universitaria en los retretes de la Facultad. Hoy lo recuerdo con cariño. Desde entonces varias de las pintadas de las puertas recuerdan mis hazañas, y van unas cuantas.
FECHA: 03/07/2008 PUBLICADO POR JUSTINE