BAJO LOS SETOS
La noche estaba acabando de puta madre. Desde las siete de la tarde por ahí, de bar en bar y charlando con bastante peña. Yolanda y yo ya estábamos algo cansados y decidimos largarnos a casa, cada cual a la suya porque vivimos todavía con nuestros padres. La caminata se hizo amena. Los temas se iban alternando con magreos en la vía pública e intercambio de babas con nuestras lenguas.
De la mano nos adentramos en el parque que está justo debajo de los bloques de pisos donde vive Yolanda. Como es natural, a las seis de la mañana es raro encontrase a alguien. En medio del silencio, escuchando tan sólo nuestras respiraciones respectivas, avanzamos por el sedero de piedras. Cuando ya estábamos en la mitad Yolanda tira de mi brazo con fuerza. “¡Aquí. Quiero hacerlo aquí!” –me dijo decidida. Mi cara de breva iba acorde con lo inesperado de la proposición. Volvió a tirar con más fuerza hasta que la sisa de mi camiseta crujió como lo hace un papel cuando se hace tiras.
Medio desnudo de cuerpo para arriba me veo empujado por Yolanda justo debajo de unos frondosos setos situados en un extremo del parque. Ella se quita el sujetador para dejarme ver sus hermosos pechos blancos que tan bien conozco, con sus dos enormes pezones rosáceos que tanto me gusta probar, siempre que puedo y me lo permiten, claro.
El forcejeo deja paso a la exploración de las partes pudendas. Me agarra el pene para agitarlo con ritmo de arriba abajo, apretando mi capullo hasta que las venas palpitan al compás de mi corazón. La producción de semen llega a su punto culminante, necesito soltarlo o mis cojones explotarán para desaparecer en el espacio sideral por siempre jamás. Decido pues empitonarla sin piedad. Mis envites hacen que se clave varias veces en la espalda las ramas del frondoso seto. “Te jodes” –pienso, “tu has querido hacerlo aquí”. La cosa acaba en traca por todo lo alto, en una “mascletá” de puta madre. Celebro la faena pidiendo al público ausente las dos orejas y el rabo.
La vegetación de las ciudades tiene muchas historias guardadas que no puede contar porque no habla, porque si lo hiciese más de uno nos íbamos con las maletas a otra parte. Las hojas, las ramas y las flores son los mayores “voyeurs” de nuestros conglomerados de neón. Y si un día hablaran...
FECHA: 30/05/2008 PUBLICADO POR JUSTINE