LA MADRE DE RAQUEL
Raquel es mi amiga de toda la vida. Desde pequeñitos andamos en casa de uno o del otro, en celebraciones, sesiones de estudios y un sinfín de actividades que hemos hecho juntos desde hace años. A su madre también la conozco desde mucho tiempo atrás.
Ayer fue el cumpleaños de Raquel y unos amigos del Instituto acudimos a su casa para celébralo. Cumplía 17, era la primera persona del grupo que lo hacía y nos disponíamos a festejar este día tan importante. La casa era enorme, con un gran espacio ajardinado y piscina privada. La fiesta despuntaba, con música a tope y las chicas más sueltas que nunca. Cada uno de nosotros echábamos el ojo a alguna para acabar el día de la mejor manera posible: un rollo, un “magreillo” o el “pleno al quince”, un buen polvo. Fue en ese momento cuando la madre de Raquel me reclamó para ir a la cocina.
Mientras los demás se divertían en el exterior yo caminaba hacia el interior para encontrarme con ella. Era una mujer de 45 años bien llevados, pues había tenido joven a su hija. Me recibió con una falda corta y una blusa entre abierta que dejaba ver el canalillo bien apretado a consecuencia del esfuerzo de su sujetador por frenar los dos bien formados pechos que poseía.
Me dijo que echara un vistazo al desagüé del fregadero que creía estaba obstruido. Ella conocía bien habilidades manuales en ese campo si bien yo desconocía las mías en otros quehaceres que ahora conoceréis. Me tumbé en el suelo boca arriba. Le pedí que me trajera la caja de herramientas (que su marido se dejó en casa cuando las abandonó para irse con la amante). Acudió rápido. Cuando asomé la cabeza por debajo de la encimera vi sus bragas rojas que arropaban su coño. Sus ojos se cruzaron con los míos y aparté la mirada bruscamente. Ella, sin duda, se había dado cuenta. Desde ese momento fue a por mí.
A la madre de Raquel no se le conocía “noviete” desde lo de su marido, con lo que sus hormonas acumuladas eran ya un torrente a punto de rebosar. Oí como cerraba el pestillo de la puerta de la cocina y tragué saliva. Mientras yo hacía mis “labores fontaneras” ella me fue bajando los pantalones para después engullir mi pene. Se lo metió en la boca. Noté el calor de su aliento y su lengua dando vueltas alrededor de mi glande. Ninguna de mis novias hasta la fecha me había hecho una felación. Yo deliraba de excitación.
La cosa fue a más cuando se la metió en el coño. Sentada de espaldas a la encimera cabalgaba como una perra en celo encima de mí. Yo a duras penas controlaba las herramientas pero ella si que lo estaba bordando con la mía. Me corrí, pero no dentro de su coño sino en su boca, porque así lo quiso.
La madre de Raquel descorrió el pestillo. Yo salí de mi agujero con los ojos como platos. Al poco rato entro Raquel. “¿Qué, cómo va eso? ¿Has dado con la avería?” –preguntó. Su madre, al ver que yo era incapaz de articular palabra, contestó: “Si, Jaime se ha portado muy bien. Lo ha arreglado en un periquete. Ya le he dicho que venga el fin de semana que viene para otro arreglito en el baño”. Lo dijo fríamente mientras me revolvía con su mano el pelo de mi cabeza.
El fin se semana ha llegado. Esta vez he traído condones por lo que pueda pasar. La fontanería casera es un oficio de riesgo.
FECHA: 02/04/2008 PUBLICADO POR JUSTINE