ENTRE CAÑAS
La vida puede llegar a la monotonía sino se le da un poco de vidilla. La repetición de los actos nos amodorra y nos hace caer en el decaimiento. Por eso, sin pensarlo dos veces, salí a pasear el pasado domingo cerca de mi casa. Junto a mi urbanización existe un hermoso canal con patos y cañas a sus orillas, un oasis de vida entre el hormigón y el asfalto.
El paseo comienza cruzando un puente de principios del siglo pasado, una pequeña joya sobre las aguas. Andaba sola, a media tarde. Una jornada soleada tan solo rota ligeramente por una brisa que azuzaba las ramas de los árboles y bamboleaba las cañas del canal, una melodía para mis oídos.
Vestida con mi chándal rosa, disfrutaba de mi paseo hasta que, tras unas cañas advertí un movimiento brusco. Creí que había encontrado el escondite de unos patos con sus patitos. Me equivocaba, y de plano.
Entre la maleza divisé, a unos pocos metros de mi, a una pareja que estaba enrollándose con una pasión desenfrenada. Eran dos veinteañeros, también en chándal, que se estaban dando un lote de puta madre. Él le metía mano en los pechos, le cogía el culo y le introducía su mano entre las piernas por debajo del pantalón. No podía dejar de mirar a pesar de que me podían descubrir en cualquier momento. Y de hecho así fue.
El chico se dio cuenta primero y con un leve gesto indicó a su pareja que había otra persona compartiendo sin permiso su escarceo. En ese momento acentúan sus magreos hasta que comienzan a desnudarse, todo ello sin dejar de mirar hacia dónde yo estaba.
Los pechos de ella me encantaron, blanquitos con grandes pezones que hacían las delicias de mis ojos. Él cogió su cabeza para dirigírsela hacia su pene, un enorme miembro viril que introdujo en la boca de ella. La muchacha la chupaba a conciencia. Le comía el glande de arriba abajo, llegando a metérsela hasta lo más profundo de su garganta mientras le agitaba los testículos. Lo que veía me hipnotizaba. No me di cuenta de que me había acercado demasiado. Estaba a dos metros de ellos, entre las cañas.
Entonces ella hizo un gesto. Me aproximé acobardada. Me invitaba a compartir aquél pene enorme conmigo. La excitación me podía, me palpitaban las sienes. Las dos compartimos aquél alimento que se nos ofrecía, compartimos morreos entre nosotras, incluso no pude resistirlo y probé sus suculentos pechos que tanto admiraba.
Después follaron mientras me dejaban que me masturbara viéndolos. Chorreé como una perra. Fue bestial. Volví a casa más contenta que unas castañuelas. El próximo domingo volveré a pasear por el canal para ver que encuentro entre las cañas. Nunca se sabe.
FECHA: 19/03/2008 PUBLICADO POR JUSTINE